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MINDFULNESS Y EMOCIONES

Mindfulness  es atención plena y consciente a lo que pasa afuera y dentro de nosotros, significa ser consciente y estar presente en este momento, a lo que está aconteciendo aquí y ahora. La actitud que acompaña esta práctica es compasiva y sin juicio, tanto hacía uno mismo cuanto hacía los demás, abarcando con total aceptación de lo que hay en el presente.

Una de las principales características del Mindfulness, que lo hace tan relevante hoy en día, es su aplicabilidad en la rutina cotidiana, aportando a la misma paz y sosiego que nos ayudan a hacer frente al frenesí de la vida moderna.

La práctica del Mindfulness es una aliada poderosa también a la hora de hacer frente, conocer y gestionar nuestras emociones, ya que nos ayuda a ser consciente de ellas, reconocerlas, aceptarlas y decidir qué hacer con una actitud más serena, compasiva y consciente.

Según Daniel Goleman, autor del libro “Inteligencia Emocional”, el término emoción se refiere a un sentimiento y a los pensamientos, estados biológicos y psicológicos y el tipo de tendencias a la acción que lo caracterizan. Todas las emociones son, en esencia, impulsos que nos llevan a actuar, programas de reacción automática con los que nos ha dotado la evolución para enfrentarnos a todas las circunstancias de la vida. En toda emoción hay implícita una tendencia al acción: la palabra emoción viene del latín movere, moverse, más el prefijo “e“, significando algo como “movimiento hacia”.

Es importante destacar que la respuesta emocional es mucho más rápida que la respuesta racional, por esto en alguna ocasión nos encontramos con estados emocionales y sentimientos de manera repentina y casi sin conocer la causa. Por otro lado, emociones y pensamientos están relacionados y se retroalimentan el uno al otro: hay emociones que causan pensamientos así como hay pensamientos que causan emociones, y si no sabemos cómo intervenir en este circuito, podemos vernos arrastrados en espirales dañinas en muchos niveles.

No hay emociones positivas o negativas en el sentido de buenas y malas, todas tienen su importancia y utilidad en nuestras vidas. Las que consideramos negativas son las que nos hacen sentir sentimientos desagradables, mientras las que consideramos positivas son las que nos hacen sentir bien con nosotros mismos y los demás. Las sensaciones negativas tienen unos patrones de conductas más estructurados y concretos, mientras que las emociones positivas son más abiertas y con una actitud de abrir posibilidades: huir, luchar, llorar, versus crear, disfrutar, relajarse. Esto nos hace percibir más las reacciones negativas que las positivas, recordándolas más a menudos y de una manera más vivida. Al gestionar mejor y dejar ir las emociones negativas hay más espacio y abertura a las emociones positiva que  nos abren a una mayor creatividad y nos brindan más posibilidades de actuación.

La Inteligencia emocional es considerada como la habilidad para percibir, asimilar, comprender y regular las propias emociones y las de los demás. Es una continua relación con la vida y una adecuada manera de utilizar constructivamente las emociones de forma que sean orientadas de manera eficaz a mejorar nuestras relaciones sociales y calidad de vida. Presenta 5 componente fundamentales: autoconocimiento emocional, autocontrol emocional o autorregulación, automotivación, reconocimiento de emociones ajenas, relaciones interpersonales.

Uno de los objetivos del Mindfulness es llevar la atención al momento presente: a los pensamientos, las emociones y las sensaciones corporales que experimentamos en cada instante. En la vida frenética de hoy, a menudo estamos muy desconectados de lo que sentimos y así llegamos a reaccionar de forma inconsciente y pasiva a lo que nos pasa, sin darnos cuenta de cómo y porqué llegamos a sentir lo que sentimos.

La práctica del Mindfulness nos permite dedicar tiempo y atención para conocerse mejor y conectar directamente con las emociones, las sensaciones físicas y los pensamientos que estamos experimentando, acogiéndolos abiertamente, compasivamente y sin prejuicios.

Tomar conciencia de lo que pasa en el interior nos proporciona la distancia adecuada de lo que ocurre permitiéndonos reconocerlo y manejarlo, desarrollando una mayor compasión hacia nosotros mismos de forma natural. Ser consciente, por ejemplo, de lo muy enfadado, ofendido o disgustado que nos sentimos en un momento dado, sin dejarse dominar por las sensaciones y emociones, ni juzgar o reprimir esta experiencia, nos ayuda a sentir compasión hacia nosotros mismos y reaccionar de forma más calmada y objetiva a las circunstancias.

Una vez que estamos presentes a lo que nos pasa, podemos decidir cómo actuar de una forma más eficaz: la práctica del Mindfulness permite el fluir de las emociones, sin evitar las emociones difíciles, como la ansiedad y la ira, sino ayudándonos a afrontarlas con actitud positiva en lugar de huir de ellas. Se trata de acercarnos a todas ellas con curiosidad, experimentarlas y vivirlas sin juicios ni etiquetas, para luego soltarlas dejarlas ir, dándonos cuenta que así como han llegado, se van.

Conocer y practicar Mindfulness es muy útil en la gestión de las emociones negativas como ansiedad, celos, culpa, envidia, ira, miedo, resentimiento, tristeza, vergüenza, ya que nos ofrece pautas y herramientas de autoconocimiento y autogestión que nos ayudan a volver a la calma a través de la respiración, anclándonos al aquí y al ahora.

Al mismo tiempo, nos ayuda a fomentar las emociones y actitudes positivas como alegría, curiosidad, ilusión, automotivación, confianza, seguridad, a través del silencio y la aceptación plena, compasiva y sin juicios de lo que nos pasa.

Gracias a la sabiduría que nos proporciona Mindfulness, tendremos la posibilidad de encontrar la paz en este mundo frenético todas las veces que lo necesitamos: la tranquilidad al alcance de tus manos…

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